Lunes, 05 Marzo 2018 22:29

Aquella copa que cien años durará...

Centenariazo

Hay días que una recuerda nítidamente, como si los hechos hubieran sucedido ayer mismo.

El 6 de marzo de 2002 amanecí, como es normal, en mi casa, en el barrio de Sants (Barcelona). Era miércoles y me preparé para ir al instituto sabiendo que, para mí, no era un miércoles cualquiera: esa noche mi equipo jugaba la final de la Copa del Rey contra el Real Madrid. Contra el todopoderoso Real Madrid, perdón. En el Bernabéu. El día de su centenario.

En mi instituto, donde la mayoría de mis compañeras y compañeros eran culés (no pongáis esa cara, ya os he dicho que me crié en Barcelona), había bastantes merengues también -sí, resulta que hay madridistas en Catalunya-, más que aficionados y aficionadas del Espanyol. ¿Que cuántos éramos del Dépor? Tres. Sí: seis cursos (de 1º de ESO a 2º de Bachillerato), cuatro clases por curso y unos veinticinco alumnos/as por clase. Tres deportivistas.

Dos de esos casos digamos que eran normales: yo nací en la comarca de A Mariña y en mi casa eran del Dépor hasta las mascotas desde que tengo uso de razón; el segundo caso también es más comprensible: hablamos de un compañero nacido en Barcelona y de padres gallegos. El tercero... bueno, del tercero podría escribir un artículo aparte: mi amigo Albert, catalán, hijo de catalanes, nieto de catalanes, de familia culé por excelencia, decide de pequeño que se quiere hacer del Dépor y, en efecto, se vuelve deportivista. Os hablo de un deportivista acérrimo. ¿Qué Barça ni qué Espanyol ni qué Reus? Dépor como modo de vida.

Así que, como os podéis imaginar, en cuanto nos vimos a la entrada del insti, comentamos, nerviosos, nuestras impresiones acerca del partido de esa noche.

En clase, los madridistas nos miraban, entre risas: estaba claro que éramos unos meros invitados a un acto en el que todo estaba calculado. Sabían (bueno, creían, pero me gusta relatarlo de esta forma, porque luego el ¡ZAS! suena incluso más poético) que iban a ganar y, de hecho, estaba todo preparado para que así fuera: ese año se adelantó la fecha de la final para hacerla coincidir con la celebración de sus cien años de vida y, voy a ser honesta, nosotros llegábamos a esa cita en la que, probablemente, fue nuestra copa menos glamourosa en cuanto a pasar eliminatorias se refiere (corregidme si me equivoco, pero recuerdo una incomparecencia del Hospitalet que nos dio la victoria en los despachos, unos cuartos de final que casi se quedan en eso contra el Valladolid y unas semifinales contra el Figueres, que había eliminado a Osasuna y FC Barcelona). Ellos, en cambio, venían de eliminar a Tarragona, Rayo y Athletic de Bilbao, con su We are the Champions listo para sonar por la megafonía del estadio en bucle en cuanto el árbitro diese el pitido final, con su Cibeles engalanada hasta las pestañas y sus fuegos artificiales en la retaguardia esperando a decirle al mundo que habían ganado la final de la Copa de su Rey, el día de su cumpleaños, para seguir engordando la leyenda de su señorío. Señorío que incluiría a Flávio Conceiçao invitando a Djalminha a la fiesta posterior en un conocido club de la capital en el túnel de vestuarios o a José María Álvarez del Manzano, en aquel entonces alcalde de Madrid, trasladándole a Lendoiro (como él mismo me relató) su miedo a que -y cito textualmente- “la cosa se desmadrase en Cibeles” y hubiera altercados relacionados con las celebraciones.

Se fueron sucediendo una a una las clases entre las palabras de ánimo, profesorado futbolero incluido, y la condescendencia propia de una afición de equipo grande acostumbrado a ganarlo todo. Pero lo importante era el apoyo: “Clau, aquesta nit anem amb el Depor!” (“Esta noche vamos con el Dépor”, me decían). Y yo los miraba y me encogía de hombros, como diciendo: “Se hará lo que se pueda”.

Las horas hasta llegar a la final se me hicieron eternas. Mi madre y yo estábamos solas en casa y me senté en mi sitio de los partidos: para ver el fútbol, mi sitio habitual en el sofá no era el mismo que el lugar que ocupaba cuando jugaba el Dépor, porque, oye, muy barcelonesa, sí, pero los rollos de las meigas y las supersticiones no se pierden, por muchos años que una pase fuera da Terra. Miré a mi derecha, al lugar que siempre había ocupado mi padre hasta hacía seis meses, ahora vacío, y dije en voz alta: “Bueno, Papá. Allá vamos”. Y allá fuimos.

Hasta que marcamos el segundo gol permanecí inmóvil, pero no me levanté ni para ir al baño en el descanso. De vez en cuando miraba a mi derecha, buscando en ese hueco vacío la mirada de mi padre, pensando en qué me diría en ese momento. De fondo, escuchaba a mi madre en la cocina, muerta de nervios, que me preguntaba de vez en cuando: “Nena, ¿cómo vamos?”.

Pero, entonces, y tras contar agónicamente los minutos restantes desde el gol de Raúl -quién si no-, llegó el pitido final. Y me olvidé de mi sitio en el sofá, del mundo y de mi propio cuerpo. Salté, lloré, grité y hasta sentí el abrazo de Papá y su sonrisa inundándome el alma. Con ese pitido llegaron también los aplausos y los besos de Mamá, mientras por la megafonía del Bernabéu se escuchaba a modo de himno We are the Champions y Fran levantaba la Copa; el madridismo abandonaba su estadio, el día de su centenario, viendo cómo los galleguiños (no hay término que nos pueda dar más rabia, por cierto), tan riquiños y tan callados hasta el momento, alzábamos algo mucho más importante que un trofeo: ese día, el Dépor le enseñó al mundo el valor de la humildad.

Decía mi padre que para perder una final hay que jugarla. Es cierto.

Pero el 6 de marzo del año 2002, los del señorío aprendieron que para ganarla, también.

Feliz Centenariazo.

Publicado en Actualidad
Lunes, 22 Enero 2018 05:32

Pedir moito e non dar nada

Podía decir que estoy cansada. Harta. Desilusionada. Pero me parecen términos demasiado dulces para la amargura que venimos sufriendo y aguantando con paciencia años. Una amargura que se ha intensificado desde el pasado mes de agosto, cuando comenzó a hacerse un homenaje, por todo lo alto, al esperpento de Valle-Inclán. Así que, lo diré con claridad, para que nadie pueda decir que no me entendió: estoy hasta el mismísimo coño.

No sé a ustedes, pero a mí mi padre, desde pequeña, me enseñó que, cuando la cago no se agacha la cabeza. Se da la cara. Se arma uno de valor, da las explicaciones o los perdones pertinentes y trata de buscar un remedio. Ojo, estoy hablando de un remedio, una solución, una vía para salir adelante de manera firme. Algo que es muy distinto a poner parches, unos encima de otros, en una estrategia cutre e impropia de la historia que se nos recuerda, una y otra vez, que tenemos a base de pomposas campañas de marketing.

Por supuesto que tenemos una historia gloriosa, pero no es al aficionado al que hay que recordárselo. Nosotros sabemos muy bien quienes somos, de dónde venimos y, por desgracia, hacia qué condena vamos, cuesta abajo, con patines y sin frenos.

Es absolutamente intolerable e impropio de unos profesionales que, tras un chorreo en el Bernabéu, merced, en gran parte, a haber bajado los brazos, la plantilla decida que el indicado para salir ante la prensa sea Aldo One, canterano del Fabril y debutante en la tarde de ayer. Y a él lo respeto muchísimo, pero no procedía. Parece que ya no les basta con borrarse de los partidos que, ahora, tampoco les apetece ‘jugar’ en rueda de prensa. Sí, amigos, desde hace años, para ellos las redes sociales y los medios son un tablero, como el del parchís, donde pasar el tiempo y decir las mayores gilipolleces. Como si estuviesen en la taberna con los colegas mandándose unas cuncas.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que el máximo mandatario de nuestro club y, por extensión, responsable de todos nuestros males es especialista en no salir en situaciones críticas a la palestra, podríamos aplicar aquello de “de tal palo, tal astilla”. O que Dios los cría y ellos se juntan. La situación es gravísima. Crítica. Y seguir esperando a que amaine la tormenta es la mayor metedura de pata que una recuerde en la historia reciente de nuestro club.

Tenemos la posibilidad de ser como ellos y escondernos en el vestuario, bajo las faldas de mamá, o gritar con contundencia “basta ya”. Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará en nuestro lugar. Y, en un futuro, cuando no haya remedio, no tendremos derecho a quejarnos. Será demasiado tarde y nos habremos convertido en cómplices del asesinato de nuestro escudo.

Lunes, 12 Diciembre 2016 08:25

"Papá, casi les ganamos"

Después de volver a perder en el último suspiro, con la afición confundida, justo mientras abandonaba el estadio escuché la voz de un niño a mis espaldas: “Papá, casi les ganamos”. Pablo tiene siete años, es deportivista en Madrid y, con permiso de su padre, Miguel, como ese es el lema de la peña Chamberí, desde hoy quiero que sea nuestro socio de honor. Él fue el primero al que escuché unas palabras optimistas después de haber bailado al Real Madrid en su campo, a pesar de la derrota. La inocencia y la óptica de los niños es la conciencia por la que deberíamos de regirnos siempre. Como si fuese un Pepito Grillo.

Como Pablo yo fui una niña ‘rara’, porque crecí lejos de Coruña creyendo en unos colores que no eran entendidos en mi tierra. Con la salvedad de que su padre es gallego y el mío solo un hombre que se hizo a la vez que yo del Dépor por el simple amor irracional que se tiene a los hijos. Pero el sábado le vi en la grada cantando los goles y con una cara de ilusión indescriptible y me vi, más o menos con esa edad, en mi primer partido en vivo, en El Helmántico (0-5, dos goles de Aldana, dos de Bebeto y uno de Manjarín). Lo recuerdo como uno de los días más maravillosos de mi vida: él, yo y la goleada en medio de la grada salmantina, sin contener la euforia.

La única diferencia entré Pablo y yo es que para mí fue más fácil ‘engancharme’, porque viví unos años mágicos y él lleva siete años en los que ha visto más penurias que alegrías, pero ha aprendido a querer desde el sufrimiento y la ilusión de que, algún día, volveremos a ser ese equipo del que, seguro, su padre y los que le rodean, le han contado tiempos de gloria.

Pablo, que siempre confía en que el equipo va a intentar ganar y no se detiene en los debates y las discusiones, con frecuencia reiterativas y estériles, de los mayores, se merece vivir, si no un Centenariazo, al menos la vuelta de esas noches mágicas de Champions. Aquellas en las que lo raro no era que le aguantásemos al Madrid 85 minutos en su campo, sino que nos diera una caraja y no les mojáramos la oreja.

Ayer su padre me dijo que “va a ser un gran deportivista” y es la primera vez que le llevé la contraria. Simplemente porque Pablo no se merece que se hable de su deportivismo en futuro: es presente. Felicito a Miguel por la educación del chaval. En los tiempos que corren, donde todo vale para estar por encima, educar a un niño para hacerle entender que en la vida también se pierde, es para quitarse el sombrero. 

 

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