Domingo, 11 Marzo 2018 19:49

Ni estamos ciegos ni somos imbéciles

¿Queda a alguien más por reírse de nosotros? No diremos que no, porque, a lo largo de esta temporada, siempre han sido capaces de sorprendernos. El último, como ya es sabido, ha sido Clarence Seedorf, que no sabemos bajo qué hechizo se coloca en la banda partido tras partido.

Mi compañero Javi Torres hizo la pregunta que tenía que hacerse en el lugar que debía formularse. El amiguete Seedorf trató de dejarlo mal. Pero sucede que, cuando uno vive en una realidad paralela y tiene la osadía de tratar de llevar la contraria a una mayoría que ha visto lo que ha sucedido sobre el campo, las palabras viajan en sentido contrario. ¡Bendito efecto ‘boomerang’!

Clarence debió pensar que la señal de televisión se había ido durante los 90 minutos de Montilivi. Y durante los 90 en Getafe. Que tampoco se vieron los 90 de Eibar… Y que todos los que hemos estado, estoicamente, en las gradas en los últimos partidos, éramos hologramas, que no existíamos. Si no, no se entiende que, a la pregunta de si pensaba, realmente, que este era el camino para salvarnos, él le respondiera que si todos pensásemos como mi amigo Javi Torres, estaríamos muertos.

Yo jamás creí en la resurrección y, si no a muerto, esto cheira a putrefacto desde hace meses. Eso lo vemos nosotros, que sí hemos sufrido desde agosto, que ni estamos ciegos ni somos imbéciles para que, rueda de prensa tras rueda de prensa, y publicación de Instagram una detrás de otra, tengamos que seguir tragando, a palo seco, esta tomadura de pelo.

Quizás, con la victoria del Levante de ayer, alguno que ve gigantes en lugar de molinos, como el bueno de don Quijote, se baje de su delirio, ponga los pies en el suelo y deje de hacernos daño con sus declaraciones. De verdad, nos llega con cada puñalada al corazón cuando cualquiera de ellos no salta, no mete el pie o camina con desgana por el campo mientras nos ilusionamos partido tras partido…

O nos ilusionábamos, porque a la crónica de la muerte anunciada le faltan por escribir unas últimas y agónicas líneas amargas. No fui nunca, por naturaleza, una mujer pesimista, pero el capítulo más negro de la historia de este club –quien quiera, que revise las estadísticas y récords negativos que llevamos en el peor de los 112 años de existencia de Deportivo, a mí me hace demasiado daño-, no lo va a poder rematar con final feliz ni la mejor de las plumas literarias.

Estamos hartos de que nos vendas humo. Queremos hombres, profesionales, capaces de hacer autocrítica y de reconocer sus errores. Y no solo desde el vestuario. A buen entendedor, pocas palabras debieran bastar. Con estas, espero remover alguna conciencia, si es que les llegaran y quisieran ejercer su comprensión lectora.

Lunes, 05 Marzo 2018 22:29

Aquella copa que cien años durará...

Centenariazo

Hay días que una recuerda nítidamente, como si los hechos hubieran sucedido ayer mismo.

El 6 de marzo de 2002 amanecí, como es normal, en mi casa, en el barrio de Sants (Barcelona). Era miércoles y me preparé para ir al instituto sabiendo que, para mí, no era un miércoles cualquiera: esa noche mi equipo jugaba la final de la Copa del Rey contra el Real Madrid. Contra el todopoderoso Real Madrid, perdón. En el Bernabéu. El día de su centenario.

En mi instituto, donde la mayoría de mis compañeras y compañeros eran culés (no pongáis esa cara, ya os he dicho que me crié en Barcelona), había bastantes merengues también -sí, resulta que hay madridistas en Catalunya-, más que aficionados y aficionadas del Espanyol. ¿Que cuántos éramos del Dépor? Tres. Sí: seis cursos (de 1º de ESO a 2º de Bachillerato), cuatro clases por curso y unos veinticinco alumnos/as por clase. Tres deportivistas.

Dos de esos casos digamos que eran normales: yo nací en la comarca de A Mariña y en mi casa eran del Dépor hasta las mascotas desde que tengo uso de razón; el segundo caso también es más comprensible: hablamos de un compañero nacido en Barcelona y de padres gallegos. El tercero... bueno, del tercero podría escribir un artículo aparte: mi amigo Albert, catalán, hijo de catalanes, nieto de catalanes, de familia culé por excelencia, decide de pequeño que se quiere hacer del Dépor y, en efecto, se vuelve deportivista. Os hablo de un deportivista acérrimo. ¿Qué Barça ni qué Espanyol ni qué Reus? Dépor como modo de vida.

Así que, como os podéis imaginar, en cuanto nos vimos a la entrada del insti, comentamos, nerviosos, nuestras impresiones acerca del partido de esa noche.

En clase, los madridistas nos miraban, entre risas: estaba claro que éramos unos meros invitados a un acto en el que todo estaba calculado. Sabían (bueno, creían, pero me gusta relatarlo de esta forma, porque luego el ¡ZAS! suena incluso más poético) que iban a ganar y, de hecho, estaba todo preparado para que así fuera: ese año se adelantó la fecha de la final para hacerla coincidir con la celebración de sus cien años de vida y, voy a ser honesta, nosotros llegábamos a esa cita en la que, probablemente, fue nuestra copa menos glamourosa en cuanto a pasar eliminatorias se refiere (corregidme si me equivoco, pero recuerdo una incomparecencia del Hospitalet que nos dio la victoria en los despachos, unos cuartos de final que casi se quedan en eso contra el Valladolid y unas semifinales contra el Figueres, que había eliminado a Osasuna y FC Barcelona). Ellos, en cambio, venían de eliminar a Tarragona, Rayo y Athletic de Bilbao, con su We are the Champions listo para sonar por la megafonía del estadio en bucle en cuanto el árbitro diese el pitido final, con su Cibeles engalanada hasta las pestañas y sus fuegos artificiales en la retaguardia esperando a decirle al mundo que habían ganado la final de la Copa de su Rey, el día de su cumpleaños, para seguir engordando la leyenda de su señorío. Señorío que incluiría a Flávio Conceiçao invitando a Djalminha a la fiesta posterior en un conocido club de la capital en el túnel de vestuarios o a José María Álvarez del Manzano, en aquel entonces alcalde de Madrid, trasladándole a Lendoiro (como él mismo me relató) su miedo a que -y cito textualmente- “la cosa se desmadrase en Cibeles” y hubiera altercados relacionados con las celebraciones.

Se fueron sucediendo una a una las clases entre las palabras de ánimo, profesorado futbolero incluido, y la condescendencia propia de una afición de equipo grande acostumbrado a ganarlo todo. Pero lo importante era el apoyo: “Clau, aquesta nit anem amb el Depor!” (“Esta noche vamos con el Dépor”, me decían). Y yo los miraba y me encogía de hombros, como diciendo: “Se hará lo que se pueda”.

Las horas hasta llegar a la final se me hicieron eternas. Mi madre y yo estábamos solas en casa y me senté en mi sitio de los partidos: para ver el fútbol, mi sitio habitual en el sofá no era el mismo que el lugar que ocupaba cuando jugaba el Dépor, porque, oye, muy barcelonesa, sí, pero los rollos de las meigas y las supersticiones no se pierden, por muchos años que una pase fuera da Terra. Miré a mi derecha, al lugar que siempre había ocupado mi padre hasta hacía seis meses, ahora vacío, y dije en voz alta: “Bueno, Papá. Allá vamos”. Y allá fuimos.

Hasta que marcamos el segundo gol permanecí inmóvil, pero no me levanté ni para ir al baño en el descanso. De vez en cuando miraba a mi derecha, buscando en ese hueco vacío la mirada de mi padre, pensando en qué me diría en ese momento. De fondo, escuchaba a mi madre en la cocina, muerta de nervios, que me preguntaba de vez en cuando: “Nena, ¿cómo vamos?”.

Pero, entonces, y tras contar agónicamente los minutos restantes desde el gol de Raúl -quién si no-, llegó el pitido final. Y me olvidé de mi sitio en el sofá, del mundo y de mi propio cuerpo. Salté, lloré, grité y hasta sentí el abrazo de Papá y su sonrisa inundándome el alma. Con ese pitido llegaron también los aplausos y los besos de Mamá, mientras por la megafonía del Bernabéu se escuchaba a modo de himno We are the Champions y Fran levantaba la Copa; el madridismo abandonaba su estadio, el día de su centenario, viendo cómo los galleguiños (no hay término que nos pueda dar más rabia, por cierto), tan riquiños y tan callados hasta el momento, alzábamos algo mucho más importante que un trofeo: ese día, el Dépor le enseñó al mundo el valor de la humildad.

Decía mi padre que para perder una final hay que jugarla. Es cierto.

Pero el 6 de marzo del año 2002, los del señorío aprendieron que para ganarla, también.

Feliz Centenariazo.

Publicado en Actualidad
Sábado, 03 Marzo 2018 10:39

Entrevista a Luis Fernández

Publicado en Actualidad
Domingo, 25 Febrero 2018 16:01

Estamos de vuelta

Lo estamos los dos: el Dépor que se lleva pidiendo semanas y yo. Y, en ambos casos, con el deseo de que no sea un espejismo. También volvió un Pedro Mosquera al que se le llevaba esperando desde hace dos años, cuando el Valencia le tentó y el club le invitó a no abandonar Riazor. O Muntari que, después de casi un año sin pisar un campo y a pesar de no saber quién es Valerón, dejó el detalle más importante: que tiene ganas.

Así, con todos centrados en lo que debemos empujar desde ahora y hasta que remate la temporada, incluso, hubo una ovación al equipo por el esfuerzo. Pero, como nunca llueve a gusto de todos, mientras unos se aplaudía, después, a sí mismos por ese reconocimiento a los jugadores, otros lo vieron excesivo. Parece que estamos por la labor de no ponernos de acuerdo... Y eso no sí que no nos lo podemos permitir.

No sé, personalmente, no veo nada de malo en que, cuando se cumple con lo que se pide, aún con un 0-0 en el marcador –dos palos y un penalti fallado por más mérito del portero que demérito del delantero-, se cierren filas. Que aquí lo que queremos –o debiéramos querer todos- es quedarnos en Primera y empezar a hacer, cuanto antes, un proyecto sólido para la próxima temporada.

Desde hace unos meses, tengo la responsabilidad de dirigir un equipo y, tengo más que comprobado, que dar una palmada en la espalda cuando se han vaciado para conseguir los objetivos que nos marcamos, ayuda y mucho para salvar nuestra propia ‘liga’ particular. No hay nada de malo, siempre que, cuando no se cumple, se reprenda, con tacto, haciendo autocrítica. Al fin y al cabo, el fútbol debe de regirse por normas similares a las que dominan nuestro día a día, en casa o en el puesto de trabajo.

Fui de las escépticas con el fichaje de Clarence Seedorf, pero también es cierto que, cuando te llega un becario a tus manos, hay que darle una oportunidad. Seedorf no es ‘becario’ precisamente en esto de la pelotita, pero sí que, a la mayoría, nos hubiese gustado tener en el banquillo a alguien más rodado, pero todo el mundo se merece una oportunidad.

Vale que no estamos para experimentos, pero no menos cierto es que, con el carajal que tenemos montado en el vestuario, no todo el mundo tiene las agallas de levantar la mano y decir: “Yo voy”. Si tiene o no otro interés secundario o no, a mí, poco me importa con tal de que se vaya achicando agua y, cada vez, podamos boquear con más ligereza.

Hace unos días, mi becaria me dio una lección al hacer una noticia perfecta que habrá significado la diferencia entre un mes mediocre o uno más que digno y competitivo. Ojalá, Clarence sea capaz de darme la segunda lección antes de que termine la primavera.

Nos vemos en Getafe, haga frío, llueva o vuelva a salir el sol fuera de casa -¡ojalá!-.  

Viernes, 23 Febrero 2018 20:25

Percebes y Depor

Publicado en Actualidad
Lunes, 22 Enero 2018 05:32

Pedir moito e non dar nada

Podía decir que estoy cansada. Harta. Desilusionada. Pero me parecen términos demasiado dulces para la amargura que venimos sufriendo y aguantando con paciencia años. Una amargura que se ha intensificado desde el pasado mes de agosto, cuando comenzó a hacerse un homenaje, por todo lo alto, al esperpento de Valle-Inclán. Así que, lo diré con claridad, para que nadie pueda decir que no me entendió: estoy hasta el mismísimo coño.

No sé a ustedes, pero a mí mi padre, desde pequeña, me enseñó que, cuando la cago no se agacha la cabeza. Se da la cara. Se arma uno de valor, da las explicaciones o los perdones pertinentes y trata de buscar un remedio. Ojo, estoy hablando de un remedio, una solución, una vía para salir adelante de manera firme. Algo que es muy distinto a poner parches, unos encima de otros, en una estrategia cutre e impropia de la historia que se nos recuerda, una y otra vez, que tenemos a base de pomposas campañas de marketing.

Por supuesto que tenemos una historia gloriosa, pero no es al aficionado al que hay que recordárselo. Nosotros sabemos muy bien quienes somos, de dónde venimos y, por desgracia, hacia qué condena vamos, cuesta abajo, con patines y sin frenos.

Es absolutamente intolerable e impropio de unos profesionales que, tras un chorreo en el Bernabéu, merced, en gran parte, a haber bajado los brazos, la plantilla decida que el indicado para salir ante la prensa sea Aldo One, canterano del Fabril y debutante en la tarde de ayer. Y a él lo respeto muchísimo, pero no procedía. Parece que ya no les basta con borrarse de los partidos que, ahora, tampoco les apetece ‘jugar’ en rueda de prensa. Sí, amigos, desde hace años, para ellos las redes sociales y los medios son un tablero, como el del parchís, donde pasar el tiempo y decir las mayores gilipolleces. Como si estuviesen en la taberna con los colegas mandándose unas cuncas.

Ahora bien, si tenemos en cuenta que el máximo mandatario de nuestro club y, por extensión, responsable de todos nuestros males es especialista en no salir en situaciones críticas a la palestra, podríamos aplicar aquello de “de tal palo, tal astilla”. O que Dios los cría y ellos se juntan. La situación es gravísima. Crítica. Y seguir esperando a que amaine la tormenta es la mayor metedura de pata que una recuerde en la historia reciente de nuestro club.

Tenemos la posibilidad de ser como ellos y escondernos en el vestuario, bajo las faldas de mamá, o gritar con contundencia “basta ya”. Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará en nuestro lugar. Y, en un futuro, cuando no haya remedio, no tendremos derecho a quejarnos. Será demasiado tarde y nos habremos convertido en cómplices del asesinato de nuestro escudo.

Sábado, 30 Diciembre 2017 08:23

Somos, fomos e seremos nós

Estamos a piques de rematar o ano. Un ano moi complicado no deportivo que vai deixarnos, ademáis do sabor amargo de ver ao noso equipo nos postos de descenso, a mala sensación de que a xente se está mosqueando có de á beira que, en realidade, teñe o mesmo pensamento que un. E iso é algo que non podemos consentir e que debemos combater con forza.

É certo que, dalgunha maneira, a responsabilidade é tamén nosa. O é por tensar a corda da paciencia ata ver cómo está a un milímetro de romper. Por tragar, unha e outra vez, con caralladas. Aínda que en realidade, niso consiste o amor cego.

A nosa relación cos responsables do clube nestos momentos, e dende os últimos anos, lémbrame a aquelas parellas nas que un descobre que o outro lle foi infiel. O cornudo perdoa por salvar unha familia, un sentimiento ou pola apatía de non poñerse a pensar de maneira egoísta e salvarse a sí mesmo. Quizais, por non armar unha rifa precipitada. Perdoa unha e otra vez. Ata que non pode máis.

É o momento de facer autocrítica. Xa que non a fan quenes deben –aínda que eu, dende aquí, convídolles a que o fagan e que ista sexa pública-, fagámoslo nós. A fin de contas somos aos que nos importa de verdade, entre tanto termo mariñeiro que vai levar ao barco a pique, achicar a auga que está encharcando a nosa cuberta. E non damos feito a facer fronte ás tempestades que nos azoutan.  

Só así, có determinación e cabeza, seremos capaces de comenzar unha nova travesía coincidindo co inicio dun novo ano.

O que non pode seguir consentíndose e que, once figuritas de futbolín que xogan connosco á ruleta rusa cada tempada, fódannos o Nadal e a existencia. Xa van moitas… Demasiadas… Eu tiña pensado ir a Vilarreal, porque é un lugar que, aínda que nas dúas derradeiras campañas fose escenario de salvación agónica, no fondo tráeme bos recordos. Pero, despois de facer o esforzo de meterme entre peito e costas 1.400 quilómetros en 48 horas –se me perdo a Noiteboa en familia despois de ver a merda de partido do 23 de decembro, a miña nai fártase de darme hostias… e con toda razón- mentras outros non respéctannos e non demostran profesionalidade no encontro, de lonxe, máis importante do ano, creo que non merece a pena.

Como tampouco o merece que discutamos entre nós que, a fin de contas, pensamos igual no fondo da cuestión –con sutís diferenzas que non deben conducir, xamáis, ao cabreo cun deportivista nin, moito menos, cun amigo-, remamos na mesma dirección e entendemos o significado desta paixón.

O Dépor somos, fomos e seremos nós. Os que sí entendemos que este escudo ten 111 anos de orgullosa historia.

¡Bo 2018! Pero que o sexa de verdade, por favor…

‘Bonus track’

Se permíteseme, quero rematar 2017 felicitando e agradecendo a todos e cada un dos membros da nosa Federación de Peñas. Eles, que fan un traballo titánico, sí que son uns profesionais dos pés a cabeza. Ollo que, ademáis, son profesionais sen soldo: só móvense polo amor a unhas cores.

Que xámais ninguén vos faga dubidar. Tocouvos lidiar cunha época puñeteira, pero tedes o apoio da xente. E iso é algo que ninguén presidente nin director deportivo vai poder robar. Polo menos, aquí hai dúas máis leias, media cabeciña e un corazón disposto a matar por vós. Onde e cando sexa.

Vós sodes a verdadeira xente mariñeira.

 

 

Lunes, 18 Diciembre 2017 12:15

Yo no quiero ser una espectadora

Hablaba ayer con una persona que lleva metida en esto del fútbol bastante más que yo –aunque solo sea por edad-, que el fútbol se está convirtiendo en una enorme basura. La razón principal no es otra que el cambio del modelo de negocio. O más bien, la explotación del espectáculo en eso, en negocio, sin escrúpulos ni límites y de manera exponencial.

Es así desde hace años, todas y cada una de las semanas de la competición, aunque los ‘pequeños’ lo acusemos un par de veces al año: cuando vamos a esos estadios en los que venden las entradas a los japoneses dentro del ‘pack’ turístico de actividades en la ciudad. Vamos, lo que se llama deshumanizar algo que, desde mi modo de ver las cosas, tendría que ser cien por cien pasional. O, si lo queremos decir de otra manera, están convirtiendo a los aficionados en espectadores. Una lástima, porque para eso ya hay otro tipo de recintos…

Se canta un par de veces. Se aplaude otras tantas –alguna más si hay cuatro goles, un penalti, aun fallado, y cinco palos-. Y se convierte la grada en la sala de cine número 4 de cualquier centro comercial. Se venden perritos calientes y la gente ni siquiera murmura, porque está muy preocupada por comer pipas.

Ayer, en medio de la enésima debacle por incomparecencia y  falta de huevos, de repente, me vi comiendo pipas y sin abrir la boca ni para protestar las dos o tres cositas que no pasaron de ser una anécdota, porque, hasta en un seis contra once, nos hubiesen meado –aunque alguno siga diciendo que llueve-. Es más, estoy segura de que, si el Barcelona se hubiese marcado un gol en propia puerta –de tirar entre los tres palos para por lo menos crear una mínima sensación de inquietud a quien tenían delante, no vamos a hablar-.

Tengo mucho miedo a dejar de ser una aficionada. Hace tiempo que no tengo esa sensación, tan jodidamente placentera, de llegar un lunes al chollo y no tener voz porque me la dejé ‘olvidada’ en alguna grada. De tener ganas de saltar y que no me importe acabar con las piernas con moratones por haber celebrado un gol, aun en la derrota. Que sí, que puede ser una consecuencia de la edad, pero también una síntoma de que, la actitud inoperante y reiterativa de unos señores que solo hacen que pedir sin dar nada a cambio, me están convirtiendo en eso que tanto odio: una espectadora.

Ojalá el derbi sirva de redención. Aunque una, que ve cómo ese modelo de fútbol moderno avanza a pasos agigantados, ya duda de que, en algún momento, estos mismos nos vayan a hacer volver a sentir aficionados.

Lunes, 04 Diciembre 2017 14:47

El único amor eterno

Recuerdo que el día que me casé un amigo me dijo: "Te faltó una pancarta con un escudo del Deportivo donde pusiera: 'Te quiero a ti, pero me caso con él'". En las últimas semanas, me ha vuelto a la cabeza la frase varias veces. Más que nada, porque es una verdad absoluta de la que estoy siendo consciente ahora, en plena separación matrimonial.

He perdido la cuenta de los viajes que he hecho en el último año. Kilómetros balsámicos para lamer las heridas de una historia que no tiraba. O si lo queremos decir de otra manera: el Deportivo ha sido el amante perfecto y, los peñistas y deportivistas en general, la comparsa que tocaba lo que yo quería oír para tapar el ruido que no quería escuchar.

"¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios... Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión". La cita es de 'El secreto de sus ojos', de Juan José Campanella, cuando Escribano es preguntado por qué es Racing de Avellaneda para él y, este, responde tajante: "Una pasión". Y reitera que "una pasión es una pasión" cuando le meten el dedo en la llaga: "¿A pesar de que hace nueve años que no sale campeón?".

La escena es aplicable tanto a mi vida en este momento concreto, como a la situación que la afición del Deportivo viene sufriendo desde hace unos seis-siete años. Uno se caga hasta en la madre que lo parió durante 90 minutos cada semana, pero, al final "una pasión es una pasión". Y acaba volviendo a hacerse cientos de kilómetros para alentar desde la grada. Y se ilusiona cada fin de semana con un optimista "hoy sí", que habitualmente queda en humo.

El sábado, al acabar el partido, la gente estaba cabreada. No solo es lógico, sino que, además, es más que lícito. Pasa hasta en las mejores familias. Se discute. Se grita. A veces, incluso, se llega al insulto... Pero el tiempo lo cura todo. Os lo digo yo, que llevo perdonando los errores del amante por encima de los del matrimonio un año entero.

Al final, el único amor para siempre para quien entiende el fútbol con pasión, es el del escudo de su club. Por eso, cuando ve que este no se respeta, se enfada. Porque el compromiso y el amor eterno es con un escudo, no con los peones de obra de turno.

"Invocando a redención
Neste recuncho do mundo 
Faise o meu cantar profundo 
Como a terra en ultramar 
Coro faise o meu cantar 
Ao saberme secundada 
Aínda sendo abandeirada 
Dos que as levan de perder 
É por eles que hei morrer 
Sentíndome acompañada”

Lunes, 27 Noviembre 2017 20:18

Manual del trabajador: actitud y vocación

Hace unos días, comentaba con una compañera, y sin embargo amiga, de trabajo que, entre una persona que sabe mucho y otra que sabe algo menos, pero tiene mejor actitud a lo largo de su jornada laboral, me quedaba con lo segundo. Es simple: para mí, la manera en cómo trates a quien tiene que hacer equipo contigo es, al menos, el 70% del éxito para la consecución de objetivos. También el cómo contestes al de a que tienes por encima, pero, sobre todo, al que tienes al lado.

Poco después, en una conversación privada con un jugador de la primera plantilla del Deportivo, intenté explicarle que mi trabajo, como el suyo, está expuesto a la opinión pública. Y que la manera sensata de actuar no es estallar contra el lector/espectador, al cual nos debemos, sino levantarse cada mañana con la intención de hacer un trabajo mejor que el del día anterior. Que si nos equivocamos, la solución no es echar la mierda al de al lado, sino asumir, pedir perdón e intentar que no vuelva a suceder.

Pero, sobre todo, intenté hacerle ver que ambos somos unos privilegiados por una razón muy simple: ambos nos dedicamos a lo que soñamos ser de niños, conseguimos culminar nuestra vocación. Él es futbolista profesional de un equipo de primera división que un día ganó la Liga y yo soy periodista en dos medios de referencia en sus sectores respectivos –el femenino y la crónica social-.

Creo que lo entendió, algo que le agradezco. Al final, aunque nos cabreemos cuando la caguen –yo fallo muchísimo todos los días y, creo, en el error está la mayor de las fuentes de aprendizaje-, al final acabamos yendo, una y otra vez, a alentarles desde la grada. Dicen que el corazón tiene razones que la razón desconoce…

Y no, no es ninguno de los dos que hoy han sido conato de noticia por el enésimo enganchón que hace que esto parezca más un circo que el club más grande de fútbol de Galicia. Quizá, en vez de mirar cada uno nuestro ombligo, debiéramos ser conscientes de que llevamos 12 raquíticos y ridículos puntos de 39 posibles. Que solo la tónica de los últimos años, que hay tres equipos que parecen estar empeñados en mantenernos con vida, hace que, a día de hoy, no estemos en puestos de descenso.

Me he referido a dos cualidades básicas del ADN de todo buen trabajador: la actitud y la vocación. Podríamos decir a Álex Bergantiños que diera unas lecciones en el vestuario… si no fuera porque, aun siendo ejemplo de lo que hay que ser, en verano decidimos hacerle las maletas y mandarle a Gijón.

PD: Amigo Álex, a veces me veo reflejada en ti. Con la diferencia de que mi paciencia, hace dos meses, tuvo el premio del reconocimiento en mi empresa.

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