Lunes, 18 Diciembre 2017 12:15

Yo no quiero ser una espectadora

Hablaba ayer con una persona que lleva metida en esto del fútbol bastante más que yo –aunque solo sea por edad-, que el fútbol se está convirtiendo en una enorme basura. La razón principal no es otra que el cambio del modelo de negocio. O más bien, la explotación del espectáculo en eso, en negocio, sin escrúpulos ni límites y de manera exponencial.

Es así desde hace años, todas y cada una de las semanas de la competición, aunque los ‘pequeños’ lo acusemos un par de veces al año: cuando vamos a esos estadios en los que venden las entradas a los japoneses dentro del ‘pack’ turístico de actividades en la ciudad. Vamos, lo que se llama deshumanizar algo que, desde mi modo de ver las cosas, tendría que ser cien por cien pasional. O, si lo queremos decir de otra manera, están convirtiendo a los aficionados en espectadores. Una lástima, porque para eso ya hay otro tipo de recintos…

Se canta un par de veces. Se aplaude otras tantas –alguna más si hay cuatro goles, un penalti, aun fallado, y cinco palos-. Y se convierte la grada en la sala de cine número 4 de cualquier centro comercial. Se venden perritos calientes y la gente ni siquiera murmura, porque está muy preocupada por comer pipas.

Ayer, en medio de la enésima debacle por incomparecencia y  falta de huevos, de repente, me vi comiendo pipas y sin abrir la boca ni para protestar las dos o tres cositas que no pasaron de ser una anécdota, porque, hasta en un seis contra once, nos hubiesen meado –aunque alguno siga diciendo que llueve-. Es más, estoy segura de que, si el Barcelona se hubiese marcado un gol en propia puerta –de tirar entre los tres palos para por lo menos crear una mínima sensación de inquietud a quien tenían delante, no vamos a hablar-.

Tengo mucho miedo a dejar de ser una aficionada. Hace tiempo que no tengo esa sensación, tan jodidamente placentera, de llegar un lunes al chollo y no tener voz porque me la dejé ‘olvidada’ en alguna grada. De tener ganas de saltar y que no me importe acabar con las piernas con moratones por haber celebrado un gol, aun en la derrota. Que sí, que puede ser una consecuencia de la edad, pero también una síntoma de que, la actitud inoperante y reiterativa de unos señores que solo hacen que pedir sin dar nada a cambio, me están convirtiendo en eso que tanto odio: una espectadora.

Ojalá el derbi sirva de redención. Aunque una, que ve cómo ese modelo de fútbol moderno avanza a pasos agigantados, ya duda de que, en algún momento, estos mismos nos vayan a hacer volver a sentir aficionados.

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